Para
desesperar, sobran razones.
Mejor
reír y no aceptar la noche,
pero
se sufre al ser uno
y,
aún con el coraje de lo vulnerable,
te
digo: Que la paz de la autenticidad
sea
la cruz de tu vida
abierta
a la experiencia,
a
las ilusiones,
a
la ternura.
Si
el mundo no es confiable,
si
tus esperanzas se estrellan,
peor
para la realidad,
aunque
pierdas,
aunque
te decepciones
por
la indiferencia del reloj y de la suerte.
Si
vas a terapia o a la iglesia,
al
matrimonio o al grupo,
para
salvarte del dolor
que
requiere vivir intensamente,
automatizado
por el hábito y la conveniencia
del
confort y la certidumbre,
a
una distancia segura de la vida
con
miedo a la maravilla de los pájaros...
te
cuento: a mí éstos me llegan
como
la poesía del universo,
porque
soy explorador y no turista,
porque
la imaginación deseante
es
también el origen de mi sufrimiento.
Entonces
te recuerdo:
podemos
volver a las cavernas,
porque
si analizamos demasiado
se nos va la luna
y
todo rayo de luz
debe ser perseguido.
La
luz y el amor: dos soledades que se saludan
antes
de volver al polvo y la sombra prestada
por la fortuna, esa arruga del tiempo.
No
es fácil estar vivo y la desolación es común.
Todo
se disuelve y, en los momentos brutales,
cuando
el pulso del mundo nos dobla,
no
deberíamos sorprendernos.
La
libertad, esa fantástica y necesaria ilusión
amable
frente a la crueldad,
nos
permite otras esperanzas,
otros
fines, otras alegrías,
otro
tiempo, otra vida.
Los
sensibles corremos peligro de amargura,
y
debemos seguir abiertos al mundo, no resentirnos.
Hechos
de tiempo, el alma se manifiesta en lágrimas y sonrisas,
en
lo que hace del ser algo sagrado y delicado.
Nada
de formas fijas o definidas.
Belleza, compromiso y familia animal
frente a la ansiedad de una efímera
pero significante vida.