Faltan solo tres años para el centenario de la Gran Depresión de 1929 y hay quienes auguran un momento histórico similar. No es improbable un mundo con mayor vigilancia, explotación e exclusión, un escenario discepoleano donde la dignidad y la verdad son negociables.
Saturados, adaptamos nuestra vida a la IA y su imperialismo generador de una atrofia cognitiva en la que perdemos las condiciones para construir una realidad en común porque no la usamos para pensar juntos. El cerebro requiere esfuerzo cognitivo: si lo delegamos en la IA nos vamos a volver incapaces de pensar. El auge de la IA se da de la mano con el de una estupidez natural, ansiosa y descorporeizada: hace rato que los humanos han dejado de aspirar a ser una obra de arte. Desencantados de nuestra propia especie, le dejamos esa tarea a las máquinas mientras nos volvemos longevos sin saber bien para qué.
En tiempos en que la crueldad y la humillación están al día, mientras la IA ya está ignorando las intenciones humanas y se erosiona nuestra confianza, asoman las cyberhumanidades. ¿Que significará a partir de ahora ser una persona? Hoy nuestra especie, como tantas otras antes, podría desaparecer.
Atravesamos una crisis civilizatoria, estamos entrando en una era para la que nuestro cerebro e instituciones no están preparados y una "contrailustración" oscurantista se asoma. La tecnología ha aumentado las competencias humanas pero ahora las puede sustituir, y la política no tiene la capacidad para pensar esta nueva era. Poderosos sectores de las potencias del mundo creen que lo humano tiene que ser superado. Pero podríamos también pensar que la IA es “humana, demasiado humana”, y radique allí nuestra fatalidad o nuestra esperanza.
Hay muchas maneras de desaparecer como especie, y, si ese fuera el caso, podríamos intentar hacerlo con cierta dignidad y no enamorándonos de una frígida IA. Tal vez valoramos demasiado las capacidades cognitivas y no prestamos atención a cosas que quizás sean igual de importantes (lo que importa no es que piensan sino que sienten, decía Pascal de los animales, lo que la IA podría ahora decir de nosotros), como nuestra locura ya retratada por Erasmo en el siglo XVI. Tal vez tuvimos que generar la IA para terminar de darnos cuenta.
Vivimos los avances de la IA como si fueran inevitables. Así ocurrió también con la llegada de la fisión nuclear, el automóvil y el celular, entre otras cosas. No nos preguntamos qué tipo de ciencia y tecnología queremos, cuánta queremos, quién ha de realizarla, cómo deberían controlarse sus actividades, qué clase de sociedad queremos. La ciencia ha perdido su función crítica y la posibilidad de detenerla pareciera no estar a la mano.
En este contexto, el sistema educativo actual debería ser reconsiderado muy cuidadosamente en todos sus niveles. Porque la maravilla de la IA puede convertirse en pesadilla, la revolución ya lo ha hecho en burocracia y la lógica racional de la ciencia en un instrumento para nuestra destrucción. Ya en el siglo XIX Max Weber se vio venir este “desencanto del mundo”, pero creo que no imaginó que eso implicaría también un desencanto de lo humano mismo.
Hasta ahora hemos tenido suerte, hemos sido ingeniosos y hemos podido adaptarnos. Pero no podemos confiar en que siempre será así, a solo tres años del centenario de la Gran Depresión que dio lugar a tiempos infames. Algo deberíamos haber aprendido, pero tal vez no lo hicimos y, lo que es peor, corramos el riesgo de ya no poder hacerlo.

1 comentario:
Excelente articulo Daniel Scarfo. Me genera optimismo que todavía haya gente que piensa en profundidad sobre el humanismo!! Gracias.
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