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Dramatis Personae

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Cazador de polímatas renacentista y explorador de vidas más poéticas, ha sido traductor, escritor, editor, director de museos, músico, cantante, tenista y bailarín de tango danzando cosmopolita entre las ciencias y las humanidades. Doctor en Filosofía (Spanish and Portuguese, Yale University) y Licenciado y Profesor en Sociología (Universidad de Buenos Aires). Estudió asimismo Literatura Comparada en la Universidad de Puerto Rico y Estudios Portugueses en la Universidad de Lisboa. Vivió también en Brasil y enseñó en universidades de Argentina, Canadá y E.E.U.U. Con 85 cursos enseñados y 56 conferencias dictadas sobre diversos temas entre los que sobresalen: filosofía, justicia, lenguajes, literatura, música, artes, educación, ciencia, cultura, sociedad, medios y comunicación, política, historia y ciudadanía.

domingo, 27 de octubre de 2024

Lehmann-Nitsche, Robert (1872-1938)

Un alemán muy curioso

https://www.iai.spk-berlin.de/es/biblioteca/legados/legados-individuales/lehmann-nitsche-robert-1872-1938.html


Foto: Archivo Página 12


miércoles, 23 de octubre de 2024

El amor, la sonrisa y la voz

 Los antiguos griegos tenían tres dioses del tiempo: Cronos, que nos devora continuamente; Aión, el dios de una vida liberada de Cronos, tiempo del placer y del deseo cuando queremos que el instante dure para siempre; y Kairós, fugaz, que determina ese tiempo del instante, dios de la oportunidad vinculado al arte. Para despegarnos temporariamente de Cronos y estar en Aión precisamos acontecimientos que hagan aparecer lo eterno, resistir antientrópicamente a Cronos. Si hoy más que nunca el tiempo se nos aparece shakesperianamente desgarrado, hay instantes en que bailamos en la incertidumbre de un bello contacto con Kairós, con momentos de una vida que pareciera no morir.

Borges también le cantó a la diversidad y profundidad de un instante cualquiera en la que el escurridizo Kairós nos permite experimentar la eternidad mientras dura, de Aión a Vinicius de Moraes. Para lograr esa otra relación con el tiempo es necesario lograr otra relación con el mundo y con la muerte. Cronos es lo opuesto del amor y es necesario estar siempre listos para resistir a ese dios y su entropía. La evolución es esa resistencia. Porque si huir de Cronos es en última instancia imposible, no lo es escaparse temporariamente de él y atravesar experiencias valorativas que lo desorienten o distraigan.

En un mundo convertido en un enorme mercado de inevaluables ofertas, todo lo deseamos, todo queremos experimentar, y en ese despegar del anhelo muchas veces no somos conscientes del lugar y momento que habitamos y, por tanto, ni siquiera lo vivimos pues nuestra mente está en otro lugar: atrás, porque no se entiende lo que rápidamente pasó, o adelante, porque se teme lo que velozmente vendrá. Y sospechando que no nos controlamos ni conocemos a nosotros mismos, e incapaces de aceptarlo, muchas veces perdemos así el tiempo, la vida y su mismo sentido en los desiertos de una cultivada ansiedad.

Allí es donde Altazor, ese poema inspirador de Vicente Huidobro, llega para recordarnos el viaje en paracaídas de un ser que rompe las ataduras de la realidad, transformándola. Viene cayendo en paracaídas y, mientras tanto, escribe su poema. Altazor nos ayuda a recordar la posibilidad de una vida más poética y justa, llenándola de sentido, de valor, hasta que termine nuestro breve trayecto en este mundo. Recuerdo ahora ese otro poema de Borges:


Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


Si estamos cayendo, podemos hacerlo de otra manera, poética y valorativamente. Altazor cae con los ojos abiertos sacudiendo la nada, trayendo a sus tinieblas el clima de la pasión, recordándonos que estamos cosidos todos a la misma estrella, por la misma música, en el mismo cielo. Como Altazor, me propongo aquí recordarles la posibilidad de vidas más elevadas y los invito a caer desde bien alto.

Para eso es imprescindible agregar valor a nuestras vidas, caer poéticamente en otros espacios, con otras conversaciones, con otras palabras, mientras construimos el sentido.

Y eso necesita de cálidos ámbitos de encuentro y reflexión sobre aquello que hace nuestras vidas más significativas en el mundo. Si en el mundo sigue existiendo la abierta posibilidad del encuentro con un horizonte de esperanza, es bueno recordar para qué vivimos

Lo que yo llamo valores de significación poética son valores que se ejercen sobre los saberes y las prácticas, y propongo trabajar al menos con tres dimensiones de los valores estrechamente articuladas entre sí: una dimensión sensible, una dimensión cognitiva y una dimensión práctica, de manera de potenciar a través de nuestras vidas una cultura que no sea indiferente, una cultura que sea capaz de saber de lo que está hablando (de allí además la necesidad de competencias interculturales), y una cultura comprometida con la acción y la justicia sobre aquellas cosas a la que es sensible y que conoce.

La sensibilidad es un componente esencial de la vida moral: no hay conciencia moral que no se emocione, no se entusiasme o no se indigne. Pero esta sensibilidad debe educarse y apelar a la reflexión sobre esas emociones y sentimientos, la elucidación de sus motivos o móviles, su identificación, su puesta en palabras y su discusión. La formación del juicio moral debe permitir comprender y discutir las elecciones morales que cada uno encuentra en su vida.

Es al menos parcialmente el resultado de una enseñanza en las diferentes formas de razonamiento moral, de ser puestos en situación de argumentar y deliberar sobre la complejidad de esos problemas y de justificar nuestras elecciones morales. El desarrollo del juicio moral apela de manera privilegiada a las capacidades de análisis, de discusión, de intercambio, de confrontación de puntos de vista en situaciones problemáticas. Y demanda una capacidad de atención, en particular al trabajo del lenguaje en todas las expresiones escritas u orales. No obstante, poco de todo esto estamos llevando adelante en nuestra educación y en nuestra vida cultural y política en la que no son excepción los que no saben siquiera expresarse de manera oral o escrita. Un mundo que ni siquiera puede expresarse adecuadamente y que mutila sus lenguajes, una cultura que no sabe de lo que está hablando, es garantía de deterioro.

Es urgente aprender a conversar como si bailáramos, recuperando la magia de la palabra y el arte de la escucha.

Lo que llamo “ciudadanía poética” supone una capacidad para transformarnos a nosotros mismos que tendemos a olvidar. La misma se construye a partir de su ejercicio, implica un “poder hacer” en las condiciones contextuales en las que nos hayamos inmersos, en el marco de nuestras relaciones, nuestro capital social, nuestros valores y nuestra participación en la construcción de nuestro hogar, ciudad, país, planeta: el lugar donde somos, desde nuestro propio lenguaje a nuestra imaginación. Nos atraviesan múltiples discursos, por eso es importante generar un espacio antidisciplinario para diálogos diferentes, el ámbito para la construcción de una conciencia poética de la propia ciudadanía y sus laberintos que además, en el caso de los adolescentes y jóvenes de hoy, supone capturar los valores que se despliegan en sus modos singulares de relacionarse en el intento de lograr una significación, un valor poético para sus vidas. Se trata, como aspiraban los vanguardistas, de hacer de la propia vida una obra de arte o, en una nostalgiosa variante épica, de volvernos los héroes de nuestras propias vidas. Podemos hacer algo más con ellas. Ser más justos con los otros y con nosotros mismos. Porque hay otra voz dentro nuestro más alla de “el sonido y la furia” que Faulkner retrató. El mañana nos quema y nos hallamos enjaulados en instituciones viejas. Los valores, entonces, son el sostén de una vida que nos mueve hacia otro lugar, que nos excita, que nos genera sentido.

Somos imaginación, deseo y memoria, el llanto frente a la belleza, la risa frente a la nada misma, el coraje del compromiso y la capacidad para soñar con penetrar la realidad. Si vamos a morir, dejemos momentos poéticos, hechos valorativos. Seamos eso que vamos a dejar.

Necesitamos tener nuevos sentidos para las palabras y voces del mundo. Si no podemos sino caer, hagámoslo con valor en un paracaídas poético, enriqueciendo el instante en el que estamos en este mundo.

La idea es que algo se sacuda y se creen nuevas posibilidades para la percepción, saliendo de nosotros mismos hacia un más allá, a otras tierras, otros cielos, otras verdades a veces distinguibles en lo que huye o canta, en un intento por traducir lo sublime mediante un ritmo sagrado.

Importantes valores han vivido una vida clandestina y disminuida en un mundo cartesiano. Su exilio es cada día más aterrador en un mundo que ha perdido el sentido y erra sin dirección.

Y esos valores se hallan presentes en nosotros como ansia de lo que deseamos: otro cuerpo junto al nuestro, otro ser, otra vida. Más allá, fuera de nosotros mismos, entre los árboles que tiemblan, algo canta en un instante de heroísmo en el que el tiempo deja de fluir, como cuando nos paralizamos frente a una hermosa sonrisa que nos hace renacer.

A muchos tal vez hoy los valores no los iluminen ni mucho menos los diviertan, en tiempos en que todo pareciera deber ser entretenimiento y el valor pareciera no tener valor.

Si el sentido ha dejado de iluminar el mundo, damos vuelta alrededor de una ausencia. Y mientras enfrentamos, aislados, el futuro, compartimos un sensación de incerteza con todos los seres humanos y sentimos que un futuro informe pide valores para no rendirnos tan fácilmente frente a la noche del tiempo y de los tiempos, pide una pregunta sobre el sentido, una búsqueda que permita reunir lo que ha sido separado: nosotros.

En nuestros días, un desencantado y penoso mundo de multitudes bajo terapias en las que aprenden a preservarse de los otros, a realizarse personalmente más que a comprometerse con un grupo o institución social, tiene mortalmente amenazada cualquier posibilidad de resurrección de un “nosotros” convivencial. Se trata por ello de instaurar formatos de convivencialidad, de vida con los otros cuando más se nos educa para la vida y la felicidad sin el otro.

Día a día nos la rebuscamos para sobrevivir alienados en el interior de una sociedad anómica sin que disminuyan las consuetudinarias vejaciones que sufrimos. Nuestra sociedad ha entrado hace tiempo en un período de inestabilidad y amenaza pero como no podemos soportar demasiada realidad, huimos hacia las ficciones más cercanas y legitimadas. Sin dudas la ficción del “yo” autónomo y su poder no es una menor entre ellas.

Como nunca antes, muchas personas se encuentran solas, aisladas, por propia elección incluso, lo que no solo no contribuye sino que colabora con el cuadro. La soledad en tiempos de utopías individualistas es uno de los grandes problemas sociales de nuestra época. Ya Emile Durkheim señalaba en el siglo XIX que algunos de los serios problemas sociales que padecemos se debían al deterioro de la vida grupal. Los filósofos franceses, afirmaba, habían exaltado una “ciencia del yo” en vez una filosofía del hombre social, del “nosotros”. Sin autoridad, sin controles morales o legales efectivos, solo se habría desplegado desde entonces un desborde de egoísmo. Hoy vemos como las transformaciones culturales han debilitado una imagen del “nosotros” que permita anudar lazos de confianza y cooperación social y comprobamos incluso día a día la dificultad de la política para generar significaciones compartidas en ese sentido.

Son tiempos en que algunos de los más preciosos aspectos de la condición humana están en riesgo anunciando un paisaje inhóspito. Por eso cuesta tanto sentirse en casa. Y si se nos sigue incitando -como ocurre- a empoderarnos individualmente y aumentar nuestra capacidad personal de influencia como forma privilegiada de construir nuestra identidad, menospreciando nuestra condición y potencialidad como seres sociales, no será posible vivir sin miedo y en paz con nosotros mismos y con los demás.

En un mundo en que el interés había pasado a ser el dios de la humanidad exigiendo el sacrificio de la moral, era competencia del sociólogo -según Durkheim- estudiar como la santificación de esos intereses privados se veía acompañada de una degradación de la moral pública. Cuando solo quedaban apetitos individuales, nos hallábamos frente a una sociedad que inevitablemente traería una alta proporción de crímenes, suicidios y divorcios -anticipaba- en su búsqueda burguesa de “felicidad” individual. Las muertes violentas eran inevitables en una enfermiza sociedad adquisitiva y viciada de individualismo.

No hay perspectiva de superar la debilidad del planeta sino se fomenta el surgimiento de fuerzas sociovalorativas con el poder suficiente para ir en esta dirección y el convencimiento de que sólo generando sólidas alianzas de significación poética será posible generar poder suficiente para vencer la anomia social.

De una cultura del simulacro a una cultura del sentido y del valor, ese sería el camino a recorrer. Y en ese camino debemos volver a entrar en la historia cuando pareciera que ya no damos más, que estamos agotados, que todo fuera un paso al abismo. El viaje en paracaídas nos exige vivir como si el ideal fuese realidad. Porque un mundo sin derrotero moral y sin cultivar valores de significación poética es la mejor garantía para su destrucción.

La narración de nuestros cerebros está incesantemente en busca de y creando sentido. Además de estar cautivos de instituciones viejas, somos de alguna forma prisioneros de la huella cultural almacenada en aquellos y necesitamos crear otra huella, dejar otra huella. Las preguntas sobre lo verdadero, lo bello y el bien están enredadas en nuestros circuitos neuronales y tienen que ver con su historia. Las intuiciones morales están ya allí pero el aprendizaje modifica las conexiones sinápticas entre las neuronas y su intensidad. Y, contrariamente a lo que el prejuicio indica, y más allá de las prisiones culturales, la neurobiología revela que nuestro cerebro es fundamentalmente lo que hacemos de él. ¿Y qué estamos haciendo de él con la I. A.?

Más que nunca necesitamos seres que ensayen formas superiores y más justas de vida. Nuestra historia está llena de los ejemplos de aquellos que se sintieron extranjeros su tierra, idealistas desacomodados frente al cinismo y el resentimiento. El valor del ejemplo es fundamental. No habrá otro mundo si no conseguimos enriquecer nuestra mirada, marginamos a quienes la promueven y nos conformamos enfermizamente con quienes servilmente nos adulan y maltratan, nos pagan y nos cobran, nos seducen y nos rechazan, nos acomodan y nos incomodan, en tiempos de acoso moral.

Vivimos en una época de gran corrupción en la vida política y el cinismo frente al idealismo ético es una comprensible reacción a la manera trágica en que los ideales fueron destrozados por muchos líderes políticos. Pero si Aristóteles tenía razón en cuanto a que nos volvemos virtuosos practicando la virtud, necesitamos sociedades en las cuales la gente sea alentada a actuar virtuosamente. A diferencia de la mirada hobessiana en la que la violencia llega a ser una cultura sobre las que se construyen identidades cuya explicación se articula sobre el recurso al conflicto como único origen y constante, necesitamos crear un escenario social cooperativo con énfasis en la empatía como motor de la acción social. Una actitud cuidadosa, con sus limitaciones y debilidades, puede ser por ello la forma que revista la responsabilidad de otro forma de estar en el mundo que nos ayude a vernos y escucharnos como parte de una identidad compartida y a vislumbrar otras posibilidades para nuestro planeta.

Enfrentamos el desafío de alentar el comportamiento virtuoso. Y buscamos para ello lo que Bateson llamaba la pauta que conecta al mundo. Kant pensaba que íbamos a estar condenados a una solidaridad de destinos y la pandemia no fue una pobre señal al respecto. Cosas muy malas pueden tener consecuencias muy buenas y, quien sabe, si algo más y distinto hacemos, nuestro paso por este mundo podría volverse un más digno y bello viaje en paracaídas. Todo sigue siendo posible si la pasión resiste gracias a los oasis o espejismos de una sonrisa, una voz y un amor.

Hay algo y hay alguien. Tenemos esperanzas aún en el absurdo de nuestra condición porque creemos que podemos ser salvados por el amor. La ley del desierto es el hogar de lo impersonal cuya narrativa debe ser negada. Y nosotros precozmente siempre saltamos ese límite. Cada testimonio de ese salto es tan precoz y arriesgado e impredecible como el amor. Somos lo que puede transformar ese desierto y lo que permite que nos transformemos en tanto sigamos sufriéndolo. Luchamos con el absurdo de la experiencia y como una salida o una entrada de o en esa situación, nos enamoramos.

El sufrimiento traerá transformación. Y aún cuando el amor esté en riesgo, hay algo que tal vez esté ocurriendo por primera vez o que podamos vivir como vez primera. Pero no lo entendemos. Hemos creado un espacio de incertidumbre y sospecha, un espacio en el cual uno no puede saber quien se supone que sea mientras intenta superar el dolor con el que atravesamos los destinos de nuestro tiempo.

El deseo que nos ha quedado, que hemos construido, no nos sirve: normalizado, se hunde en una banalidad que es tristeza y silencio. Y entonces el mundo de las ilusiones otorga legitimidad al odio. Todo odio, dicen, es un amor frustrado.

El amor, hoy en riesgo, es una fuerza fundamental en el universo, necesaria para la paz y la belleza. Antes de que pueda ascender al cielo, el poeta debía primero entender las profundidades de la degradación en la cual podemos hundirnos.

Se ama contra la muerte. Amar significa buscar lo inalcanzable, es una fantasía, una alucinación en la que lo que amamos, sobre todo, es el amor. En un universo que perdió la unidad, quien ama rara vez sabe lo que ama ni por qué ama ni lo que es amar. Especialmente si se quiere comprender ya que comprender es olvidarse de amar.

En el amor nos encontramos con estallidos energéticos, pensamientos rotos, ritmos incoherentes, terribles tempestades alucinatorias, colapsos del intelecto, combustiones mágicas. El enamorado espera y no se exilia de su imaginario de delirante energía. Porque...¿sin esa energía qué? La entropía de quien ya no nos reconoce y, con ella, el desamparo, el deshecho, alimento del crepúsculo. Entusiasmados, lo enérgico, lo sagrado y lo erótico se anudan.

Amar es una decisión frente al desierto, aún el del mismo amor. Todo lo interesante en este mundo nace de la pasión. Y, como con la energía, nada se pierde en el amor, todo se transforma. El resto es desolación. De esto habla esta canción de Chico Buarque, Futuros Amantes (Interpretación de la canción con mi guitarra, piano y armónica).



La entropía parece ocuparse también de la evolución que en otro momento fuera bolsón de resistencia a la degradación del universo. Si el apocalipsis ha vuelto trivial, se nos hace imprescindible plantearnos una nueva educación sentimental que recupere visiones de la vida buena que no desemboquen en la burla y la hilaridad sino más bien en la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas, o en otras como las de Osvaldo Nan y Gabriel Vignoni, quienes me acaban de acompañar, al hacer esta canción conmigo.

Uno espera otra pulsación, otro brillo en la oscuridad, trovador y mariposa iluminando la noche, el arco de la promesa siempre abierto, la imaginación sacudida, barriendo poemas en la vereda de una voz.

Si el amor es el origen del nuevo día, nuestro viaje es también una aventura que vale la pena a pesar del horror, con temblorosos botes anclados pero listos para partir, con el vértigo de no saber lo que se está haciendo, vértigo quimérico del renunciamiento, vértigo de una danza que es un alivio temporal de la necesidad de huir gracias a la sonrisa sagrada de su ritmo.

La pasión es resistencia a la ley, al veredicto: la infinita sonrisa de Afrodita haciéndonos tartamudear. Y queremos que ese instante, que nuestra contemplación de esa sonrisa dure para siempre. Contemplar una sonrisa es como meditar sobre un koán zen, observar una mandala, entrar en el reino del infinito y las paradojas con una energía que cuando actúa se detiene.

Camus dijo que era necesario imaginar a Sísifo feliz. Quienes trabajamos con la materia de lo imposible lo ensayamos, no sin dificultad pero con ahínco y desparpajo chaplinesco, a diario. El amor que eleva y hace trastabillar su barco ebrio lleva adelante una tarea eterna de Sísifo para intentar una y otra vez en cada mar, en cada costa donde sea posible dar testimonio de la inocencia, de la catástrofe, pero también de los desiertos del amor: la inocencia perdida del amor y también el mundo encantado que reinventamos cuando no queremos rendirnos tan fácilmente al orden implacable de lo dado, admitido, indisputable.

Sonrían. La sonrisa empuja y puja. Como Carlitos (Chaplin) sugiere, autor de esta hermosa canción (Interpretación de Smile).

Y de repente pareciera que hay solo una voz en el mundo, una voz sin ventanas, una ilusión, una imagen que arde como el fuego y el sueño cobijando nuestras palabras del desierto. Frágil tan frágil esa voz con frecuencia se refugia pues no sabe qué responder, qué hacer con su confusión, con los fragmentos de mundos rotos, vestigios de un dios que no encuentra qué decir frente al mar.

Entonces mendigamos una melodía, tartamudeamos como un martillo, como un libro inacabado, con una voz que no tenemos para los torbellinos, para inventar un lugar donde las palabras vuelvan a las cosas, donde las armonías se pongan en movimiento como una canción después del sacrificio.

Pero esa voz llama a deslizarse entre las flores, a ser marinero de su jardín, y nos perdemos en el recuerdo de un poema como aquel muerto que no quería que lo tengan por muerto, como bestias incorregibles, luces ausentes, flores escondidas del otro lado de la estrella.

Por eso canto, tropiezo y busco excepciones y no debiendo cantar canto con los armónicos de la memoria aquel día que pudo ser posible. Y toco la guitarra con mis manos mutiladas...mis dedos carcomidos no se quedan quietos: una historia inacabada los impulsa, las oportunidades perdidas los impulsan y balbuceo con mi aliento palabras hechas de aire e imagino sus cuerpos como si fueran parte de una enciclopedia...cual atrevido huésped de un brillante escondido espero el instante de una palabra en mi voz cocinando mi alma, mis huesos, cual ráfaga divina que busca que de la nada nazca un improbable canto. Tal vez un amor esté haciéndose como un dios que no ha nacido aún y una lengua múltiple que no haya aún sido escrita para nuestro teatro sagrado.

Creo en las voces de los pájaros pues conozco su angustiante misterio e imagino entonces que ya lo he logrado, que a través suyo regresaron las mañanas del mundo. Debería enmudecer como un jardín en la ciudad, debería dejar de escribir y hablar con la arena de mi voz pero soy un hombre que ha llegado a un grado tal que no puede más que hacer esto, que busca esos libros perdidos y la cifra de su voz, que piensa en las cosas que pudieron ser y no fueron, en el mundo sin la rosa, para volver a soñar lo soñado, la música sagrada, su revelación como una sonata imposible en el tiempo detenido.

Y resulta que soy y veo que somos con frecuencia los que tenemos miedo de la distancia de la voz, de las estrellas que nos miran, llenando el aire de más temores, y entonces arrojo lanzas al cielo y aguardo en mi delirio la esperanza del trapecista en el pantano de su soledad.

La realidad es una pesadilla, parece irreal. Vivimos aterrados, escuchando voces de las cavernas. Hay una tristeza propia del pensamiento y de los amores que dejan cicatrices. La vida es tan dura a veces que si no tuviéramos este impulso hacia la sonrisa no valdría la pena vivirla.

Pero nadie se salva con las palabras. Hablar el amor es perderlo. Este enigma nos remite al dominio de los amores cantados y vividos. Yo he cantado aquí por invitación y porque la forma de la vida llamada amor es enunciada por el juglar, el trovador. El amor es una encrucijada ética, política y religiosa. Y hoy existe una fisura en el amor. El amor como hoy lo concebimos es un canto que heredamos de la educación cortesana, de la ética trovadoresca, el amor de la no posesión y del no contrato, del don y la gratuidad. El amor cortés en el que muchos fuimos educados era un alegre saber, un juego jovial, un espíritu literario y competitivo. Es parte de los torneos medievales, de sus fiestas, de la destreza.

El arte del trovador y el amor cortés son construcción poética. Y la voz humana es, de las músicas existentes, la más cercana al secreto divino. Su letra es parte de un canto. La “elevación” del habla cotidiana a los dominios del arte, la musicalización de las formas poéticas son parte de una ética retórica en la que el buen decir, la cortesía en el hablar son ejes de las virtudes del personaje del cortesano. Y hay un “nomadismo” en la voz del juglar. Durante mucho tiempo, los lingüistas condenaron el privilegio de la voz en nombre de la escritura cuando hay en realidad una proximidad absoluta entre la voz y el ser, entre la voz y el sentido del ser.

Aquí me pongo a cantar, al compás de la vihuela, comienza el Martín Fierro. Pero en el resonar de la lengua poética, la repercusión del canto es, ante todo, un resonar sacrificial: el hacedor es sacrificado en y por su obra. El valor del sacrificio ES valor del poeta cantor. Todo coraje del poeta es justamente un coraje o ánimo del sacrificio. Y el canto del sacrificio es así, el clamor del boquiabierto que va a ser sacrificado, el clamor que no es sino el canto sagrado de la vida, la vocalización sacrificial que es la verdad de lo trágico y de lo poético. El canto, cada canto, lo que diría es siempre la resistencia de la vida misma, resistencia a que el sacrificio tenga que tener, una y otra vez, necesariamente lugar. Muchos, y tal vez algunos de nosotros, han perdido sus vidas para darle una oportunidad a este canto, canto de la vida sacrificada, canto que anuncia la muerte necesaria, la caída en paracaídas. Resonancia de lo sacrificial en el canto, cuando todo sigue siendo posible si la pasión resiste, la pasión constante por socavar la legitimidad de una simplicidad originaria. Canto que entrelaza las voces y viene de la tragedia de la vida enlazada hoy con la profunda relación, como le gustaba a Gorgias, de la palabra, y mi palabra ahora, con el kairós, el momento presente, la circunstancia, la gracia, desgracia y sinceridad de una voz. Pero ¿qué es la voz? ¿Cómo se construye la voz? La voz es una de las formas en que resuena un cuerpo, una vida, y expresa la intimidad del ser, sus creencias, valores, sentimientos, seguridad, como también sus dudas, angustia, temor, su calidez, su ritmo, su tono, su timbre. ¿Cómo descubrir una entonación, una voz, un destino? ¿Cómo dar la voz a los sin voz? ¿Pueden quitársela a los que la tienen? Pienso en Scherezade y su voz manteniéndola viva. Y de nuevo en el Martín Fierro. Nada se ha perdido si persiste en él la pasión por el Canto y la facultad para seguir haciendo escuchar su voz. La comprensión de que esa facultad le viene de lo Alto y que la felicidad que le da ese don, con el que ha sido ungido, tiene que ver con el despojo de todo lo demás: lo que no sea su poder de continuar diciéndose en el Canto. Y canta:

Gracias le doy a la virgen,

gracias le doy al Señor,

porque entre tanto rigor

y habiendo perdido tanto,

no perdí mi amor al canto

ni mi voz como cantor.


Aquellos que se revelan entusiastas siempre cantan porque creen en una salida. El cantor no puede quedarse sin voz, sin esperanza. Si no se puede esperar nada de las palabras hay que cantar para que la poesía muerta renazca. Pero si no podemos ser escuchados, ¿para qué cantar? Bueno, se trata a veces de cantar aquello que no puede ser escuchado, lo que no se puede llamar por su nombre. Hoy es momento de escuchar los sonidos de una voz informulada aún pero presente en la memoria. Las palabras, hoy convertidas en sonoridades vacías, necesitan cantar un nuevo tipo de amor, una renovada sensibilidad. No podemos esperar más nada de las palabras tal como con frecuencia circulan. Nuestro lenguaje deberá ser otro porque ese uso de las palabras nos tienta a abandonar la palabra y hoy estamos náufragos de voces. Yo sigo buscando esa voz perdida, imposible, implacable, que nace de las pasiones cuando probablemente olvidamos más de lo que conocemos, cuando queremos que el instante dure para siempre en una vida, en una voz.(Interpreto en guitarra Minha voz, minha vida, de Caetano Veloso).


Escribió Martínez Estrada:

“Creo que el escritor tiene de hecho y de derecho, como uno de los deberes sociales apremiantes el de ser un agitador, un removedor de materiales inertes, un explorador, un cateador de terrenos auríferos, un vikingo de los mares incógnitos, un viajero que sueña en continentes desconocidos, el más fecundo proveedor de materiales de fermento para la cultura filosófica; un hombre en rebeldía, como lo llamó Camus, un hombre que hace en su persona entera el experimento de ensayar otras formas superiores e inéditas de vida” (En torno a Kafka y otros ensayos. E. M. E.).



De eso se trata. De ensayar formas superiores e inéditas de vida. Porque todo sigue siendo posible si la pasión resiste gracias a los oasis o espejismos de una sonrisa, una voz y un amor. Y por eso...Yo vengo a ofrecer mi corazón (Interpretación del tema de Fito Páez)